Ayer por la mañana fue un día
cualquiera. ¿Pero a quién intento engañar? ¡Aquellos fueron los 19 minutos más
largos de mi vida! Aunque tengo que reconocer que al menos el tiempo
acompañaba, ni mucho frío ni mucho calor, el día de primavera que todos
deseamos.
Cargaba con una caja de cartón,
especialmente grande, la llevaba con las dos manos, pero al menos podía ver la
calle. Eso sí, ¡pesaba! ¡Cómo pesaba! Al menos haría bíceps. Hoy me tocaba
aquel barrio de afueras o, cómo a veces oigo, barrios antiguos.
Tenía pocos datos, para que decir
otra cosa, pero al menos contaba con el más importante. Un índice del 91% de
población jubilada. “¡Perfecto!”, pensé, “Las ancianitas te abren la puerta
enseguida”.
Cuando llegué al portal de aquel
edificio de cuatro plantas, supuse que sin ascensor aunque una parte de mí
esperaba lo contrario, me acerqué al telefonillo. Eran dos casas por planta.
Toqué uno al azar pero de los
primeros, que no quería subirme todas las escaleras con este armatoste. Esperé.
Nada. “Probaré con otro”. Después de esperar, tampoco me respondió nadie. “¿Qué
pasa? ¿Es la hora de la misa? ¿De la telenovela?”. Los segundos tampoco
contestaron. Ya un segundo me parecía mucha escalera, un tercero ni os cuento…
- ¿Quién es? – respondió
finalmente el 3ºA. La voz era dulce, como la de cualquiera de nuestras abuelas.
La estadística nunca miente.
- Buenas tardes, señorita –
primera regla, ganarse al cliente. Y con las ancianas aquel truco no fallaba.
- ¡Uy, señorita dice! ¿Qué
quiere? ¿Qué vende?
Bueno, vale, parece que esta vez
no había funcionado. Pero aún me quedaban más trucos.
- Seguro que usted es toda una
costurera profesional – por estadística, las mujeres de esta edad tienen maña
con una aguja. ¿Qué abuela no hace ganchillo o punto de cruz o cosas así?
- Remendar los tomates de los
calcetines de mi Pepe no es ser costurera pofesional.
¿Qué quiere venderme? Tengo unas acelgas cociendo.
- Es dura de pelar… – dije para
mí. En seguida pensé una nueva estrategia. Al fin y al cabo, pasar de la puerta
siempre es el paso más complicado –. ¿Cuál es su nombre?
- ¿Y a usted que le importa?
Obvié otro traspiés y me fui al
grano. Empezaba a usar demasiado tiempo – ¿Ha oído hablar de la fabulosa
Cosematick 4000?
El silencio se hizo durante unos
segundos – ¡Aah! ¡Ya sé cual dice! Es ese armatoste que sale cada dos por tres
en los anuncios de la televisión.
- Al menos la conoce… – murmuré
torciendo la boca. Pero no me iba a rendir. Todo vendedor debe ponerse retos–. Pues
entonces sabrá todas las novedades y ventajas de la Cosematick 4000. En primer
lugar que sus agujas de titanio no se romperán nunca. En segundo lugar que…
- Espere un momento. Que se me
van a cocer de más las acelgas.
Acababa de colgarme en mitad de
mi explicación, anonadado estaba. La de paciencia que me estaba gastando. Estaba
claro que si me ganaba a aquella anciana, nunca más tendría problema alguno.
- A ver. Siga hablando – casi me
ordenó desde el telefonillo–. No tengo todo el día. Tengo que terminar de
componer la comida.
- Si prefiere, puedo subir y
mostrársela en vivo y en directo. Puedo hacerle una demostración con unos retales
que he…
- ¡Uh! Abrirle, dice. Mi nieto
está a punto de venir de la escuela. Y va al tacondo ese.
- Pero señora – dije rozando el
enfado. Debía volver a mi camino y encauzar a aquella ancianita–. La Cosematick
4000 es la máquina de coser que siempre ha deseado tener en casa. ¡Todas sus
amigas se morirán de envidia cuando diga que ha comprado una Cosematick 4000!
Escuché unas risas.
- A mí me lo dice y me parto de
risa – dijo una segunda voz.
- ¿Tú qué piensas Gertrudis? – le
preguntó mi clienta a su vecina como si nada, parecía ser algo común esto de la
multiconferencia de telefonillo en aquel portal–. ¿Se la compro?
- ¿Pero pa’ qué ese gasto? – dijo
una tercera voz–. Anda y estate quiera.
- ¡Uh! ¡La Filomena lo que quiere
es comprársela ella! – le contestó la que parecía llamarse Gertrudis.
- ¡Qué mentira!
- Filo, tú siempre compras cosas
inútiles. Te lo endilgan todo – respondió mi clienta.
- Cualquiera que os oiga… No os vayáis,
voy a echar un ojo al horno. Tengo haciéndose unos canalones.
- Yo estoy haciendo acelgas. Las
voy a rehogar ahora con un poquito de ajito machao.
- Acelgas comí yo ayer. Las
acompañé con unos empanados.
- Qué de empanados se gastan
siempre en tu casa, Gertru.
Yo me quedé como si estuviera
viendo una serie de vecinos de televisión, escuchar en la radio mejor dicho. Aquellas
tres ancianas se habían puesto a hablar entre ellas como si nada. ¿Cómo es
posible que no consiga vender una máquina de coser a tres ancianas?
- Ya estoy de vuelta. ¿Qué me he
perdido?
- Nada, Filo, nada. A ver, tú, el
de la máquina de coser. ¿Hola? ¡Eh!
- Este se ha ido. Si es que sois mu’ cansinas.
- Gertrudis, no digas esas cosas.
¿Qué va a pensar la gente?
Las escuché desde la esquina de
la calle. Yo, mi armatoste y mi ego dolido nos fuimos. ¡Abandono! Había perdido
casi 20 minutos valiosísimos y no había colocado la dichosa máquina de coser.
- ¡Uoh! ¡La Cosematick 4000! – un
muchacho, le echaría como veintitantos años, me paró. Se quedó mirando con la
boca abierta la imagen de la caja. Llevaba colgada del hombro una mochila–. ¿Es
suya?
Tardé unos segundos en procesar
la situación. ¡Un cliente potencial! ¡Y qué encima ya conocía el producto!
- Puede ser tuya por una cantidad
que ni te imaginas. ¡Regalada! Hoy es tu día de suerte, soy de la compañía
Cosematick y te puedo hacer un precio especial.
- ¿Sí? ¡Gracias! La he buscado
por todos lados y no la he encontrado. Quiero comprársela a mi abuela por su
cumpleaños.
- Pues no se hable más. ¡Esta es
tu Cosematick 4000!
Cerré el trato con un apretón de
manos, y el papeleo obligatorio. Al menos aquel rato que me había quedado sin
paciencia había merecido la pena, después de todo. Y aprendí una cosa: ancianitas
no, gracias.