miércoles, 4 de diciembre de 2013

Lanzando un Te Quiero al Vacío (Jorge Marcos)

Todo comienza con un cruce de miradas. Sientes algo pero no sabes si esa persona también. 
Comienzas a relacionarte, a sentarte en clase junto a esa persona, a disfrutar de su compañía... 
Hablas, la conoces, sabes algunos de sus gustos y también das a conocer los tuyos. ¿Congeniamos? ¿Será posible algo más?
La amistad es un arma de doble filo. Muchas relaciones comienzan primero en una amistad y después conducen a lo siguiente. Sin embargo, un exceso de amistad en el tiempo conlleva eso, que sois amigos. 
En ese punto empiezas a ponerte nervioso, esperas algo que puede que no exista y deseas acercarte más y más.
Te aferras a un clavo ardiendo, esperando que esa persona te corresponda. Malinterpretas cualquier gesto, palabra o abrazo. Tu mente está nublada por tu corazón y no piensas con claridad. 
Pasa el tiempo y esa persona no te corresponde pero crees que lo hará, el clavo ardiendo cada vez es más pequeño y te comienza a doler.
Ahora solo piensas en esa persona. Te despiertas con su imagen en tu mente y te duermes por la noche pensando que pasaría si te correspondiera.
Los días pasan y la relación más allá de la amistad continúa estancada, en un pausa infinito. Lanzas 'te quieros' a una muralla de piedra y hierro.
¿Qué hago? ¿Se lo cuento todo? ¿Continúo en la misma situación?
Yo opté por el camino fácil y he ocultado mis sentimientos lo mejor que he podido. Lo que es imposible es imposible. Jamás se llevarán acabo tus sueños que tanto anhelabas.
En este momento odias a esa persona por no corresponderte, por no seguir la linea que tu cabeza había imaginado. Te obligas a no acercarte a esa persona, a no mirarla, a no quererla...
Sin embargo, yo no puedo enfadarme contigo, no soy capaz de perderlo absolutamente todo contigo.
Ahora solo queda olvidar, sacar todo tanto de tu cabeza como de tu corazón. La llama poco a poco se apaga y mi corazón se hiela...

Ancianitas (Jorge Marcos)

Ayer por la mañana fue un día cualquiera. ¿Pero a quién intento engañar? ¡Aquellos fueron los 19 minutos más largos de mi vida! Aunque tengo que reconocer que al menos el tiempo acompañaba, ni mucho frío ni mucho calor, el día de primavera que todos deseamos.
Cargaba con una caja de cartón, especialmente grande, la llevaba con las dos manos, pero al menos podía ver la calle. Eso sí, ¡pesaba! ¡Cómo pesaba! Al menos haría bíceps. Hoy me tocaba aquel barrio de afueras o, cómo a veces oigo, barrios antiguos.
Tenía pocos datos, para que decir otra cosa, pero al menos contaba con el más importante. Un índice del 91% de población jubilada. “¡Perfecto!”, pensé, “Las ancianitas te abren la puerta enseguida”.
Cuando llegué al portal de aquel edificio de cuatro plantas, supuse que sin ascensor aunque una parte de mí esperaba lo contrario, me acerqué al telefonillo. Eran dos casas por planta.
Toqué uno al azar pero de los primeros, que no quería subirme todas las escaleras con este armatoste. Esperé. Nada. “Probaré con otro”. Después de esperar, tampoco me respondió nadie. “¿Qué pasa? ¿Es la hora de la misa? ¿De la telenovela?”. Los segundos tampoco contestaron. Ya un segundo me parecía mucha escalera, un tercero ni os cuento…
- ¿Quién es? – respondió finalmente el 3ºA. La voz era dulce, como la de cualquiera de nuestras abuelas. La estadística nunca miente.
- Buenas tardes, señorita – primera regla, ganarse al cliente. Y con las ancianas aquel truco no fallaba.
- ¡Uy, señorita dice! ¿Qué quiere? ¿Qué vende?
Bueno, vale, parece que esta vez no había funcionado. Pero aún me quedaban más trucos.
- Seguro que usted es toda una costurera profesional – por estadística, las mujeres de esta edad tienen maña con una aguja. ¿Qué abuela no hace ganchillo o punto de cruz o cosas así?  
- Remendar los tomates de los calcetines de mi Pepe no es ser costurera pofesional. ¿Qué quiere venderme? Tengo unas acelgas cociendo.
- Es dura de pelar… – dije para mí. En seguida pensé una nueva estrategia. Al fin y al cabo, pasar de la puerta siempre es el paso más complicado –. ¿Cuál es su nombre?
- ¿Y a usted que le importa?
Obvié otro traspiés y me fui al grano. Empezaba a usar demasiado tiempo – ¿Ha oído hablar de la fabulosa Cosematick 4000?
El silencio se hizo durante unos segundos – ¡Aah! ¡Ya sé cual dice! Es ese armatoste que sale cada dos por tres en los anuncios de la televisión.
- Al menos la conoce… – murmuré torciendo la boca. Pero no me iba a rendir. Todo vendedor debe ponerse retos–. Pues entonces sabrá todas las novedades y ventajas de la Cosematick 4000. En primer lugar que sus agujas de titanio no se romperán nunca. En segundo lugar que…
- Espere un momento. Que se me van a cocer de más las acelgas.
Acababa de colgarme en mitad de mi explicación, anonadado estaba. La de paciencia que me estaba gastando. Estaba claro que si me ganaba a aquella anciana, nunca más tendría problema alguno.
- A ver. Siga hablando – casi me ordenó desde el telefonillo–. No tengo todo el día. Tengo que terminar de componer la comida.
- Si prefiere, puedo subir y mostrársela en vivo y en directo. Puedo hacerle una demostración con unos retales que he…
- ¡Uh! Abrirle, dice. Mi nieto está a punto de venir de la escuela. Y va al tacondo ese.
- Pero señora – dije rozando el enfado. Debía volver a mi camino y encauzar a aquella ancianita–. La Cosematick 4000 es la máquina de coser que siempre ha deseado tener en casa. ¡Todas sus amigas se morirán de envidia cuando diga que ha comprado una Cosematick 4000!
Escuché unas risas.
- A mí me lo dice y me parto de risa – dijo una segunda voz.
- ¿Tú qué piensas Gertrudis? – le preguntó mi clienta a su vecina como si nada, parecía ser algo común esto de la multiconferencia de telefonillo en aquel portal–. ¿Se la compro?
- ¿Pero pa’ qué ese gasto? – dijo una tercera voz–. Anda y estate quiera.
- ¡Uh! ¡La Filomena lo que quiere es comprársela ella! – le contestó la que parecía llamarse Gertrudis.
- ¡Qué mentira!
- Filo, tú siempre compras cosas inútiles. Te lo endilgan todo – respondió mi clienta.
- Cualquiera que os oiga… No os vayáis, voy a echar un ojo al horno. Tengo haciéndose unos canalones.
- Yo estoy haciendo acelgas. Las voy a rehogar ahora con un poquito de ajito machao.
- Acelgas comí yo ayer. Las acompañé con unos empanados.  
- Qué de empanados se gastan siempre en tu casa, Gertru.
Yo me quedé como si estuviera viendo una serie de vecinos de televisión, escuchar en la radio mejor dicho. Aquellas tres ancianas se habían puesto a hablar entre ellas como si nada. ¿Cómo es posible que no consiga vender una máquina de coser a tres ancianas?
- Ya estoy de vuelta. ¿Qué me he perdido?
- Nada, Filo, nada. A ver, tú, el de la máquina de coser. ¿Hola? ¡Eh!
- Este se ha ido. Si es que sois mu’ cansinas.
- Gertrudis, no digas esas cosas. ¿Qué va a pensar la gente?
Las escuché desde la esquina de la calle. Yo, mi armatoste y mi ego dolido nos fuimos. ¡Abandono! Había perdido casi 20 minutos valiosísimos y no había colocado la dichosa máquina de coser.
- ¡Uoh! ¡La Cosematick 4000! – un muchacho, le echaría como veintitantos años, me paró. Se quedó mirando con la boca abierta la imagen de la caja. Llevaba colgada del hombro una mochila–. ¿Es suya?
Tardé unos segundos en procesar la situación. ¡Un cliente potencial! ¡Y qué encima ya conocía el producto!
- Puede ser tuya por una cantidad que ni te imaginas. ¡Regalada! Hoy es tu día de suerte, soy de la compañía Cosematick y te puedo hacer un precio especial.
- ¿Sí? ¡Gracias! La he buscado por todos lados y no la he encontrado. Quiero comprársela a mi abuela por su cumpleaños.  
- Pues no se hable más. ¡Esta es tu Cosematick 4000!

Cerré el trato con un apretón de manos, y el papeleo obligatorio. Al menos aquel rato que me había quedado sin paciencia había merecido la pena, después de todo. Y aprendí una cosa: ancianitas no, gracias. 

La Noche de los Feos (Mario Benedetti)

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

jueves, 24 de octubre de 2013

Pastillas para Soñar (Marta García Valdés)

Mientras suelto las pastillas en las hierbas altas hago caminar a mi muñeca a través del caminito de colores. Las encontré en la mesilla de noche de mamá; al principio pensé que eran caramelos y cogí un buen puñado para compartir con Jorge. A él parece que le han gustado más porque, tras el atracón, lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel.

Temor a los Vecinos (Ana Tapia)

En un pueblo de la costa este un grupo de niños ve la mítica película de "Los Pájaros", en la que unas aves acechan a los seres humanos que, indefensos y aterrados, al final deben luchar por su vida. 

Esta noche esos niños no podrán dormir, y al día siguiente llegarán tarde al colegio, al que irán de mala gana, con los malos sueños de la noche aún pegados en los párpados. 

                              ___________________________________________

En un pueblo de la costa este un grupo de pájaros ve la mítica película de "Los Humanos", en la que unos hombres acechan a las aves que, indefensas y aterradas, al final deben huir si quieren seguir vivas. 

Esta noche los pájaros no podrán dormir, y al alba faltarán a su cita de piar y construir nidos. Aterrados, no verán cómo los niños se van, somnolientos, al colegio. 

lunes, 21 de octubre de 2013

La Madre (Lydia Davis)

La chica escribió un cuento. "Sería mucho mejor si escribieras una novela", dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. "Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad", dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. "¿No hubiera sido más útil un edredón?", dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. "Sería mejor si excavaras uno grande", dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. "Sería mucho mejor si te durmieras para siempre", dijo la madre.

La Voz del Espejo (Jorge Marcos)

El espejo es un artilugio antiguo en el tiempo. Su composición es fácil. Consiste en una plancha de vidrio con una fina lámina de aluminio o plata muy pulida y brillante. Aquí, en ésta lámina de grosor casi imposible de medir, es dónde alberga la magia el espejo.
Los espejos pueden ser de mil tipos. Redondos, cuadrados, alargados,… verticales, horizontales, en direcciones imposibles,… con marcos de cualquier material que se te ocurra con colores que casi ni sabías que existían. Pueden colocarse en cualquier lugar de tu casa. Colgado en la pared del recibidor, puesto junto al armario del dormitorio como un elemento más del mobiliario o acompañándote mientras te lavas los dientes.
Pero su magia radica en que nunca mienten. Responden con la verdad, una verdad tangible. Si tocas el cristal es como si te tocaras a ti mismo. Sientes en la yema de los dedos un calorcito comparable a la temperatura corporal.
Por el contrario, todos los espejos dicen lo mismo de una persona pero cada persona no ve lo mismo en un espejo. Esa vocecita proveniente del espejo, casi inaudible pero que sabes lo que quiere decir, realmente es siempre la misma pero las personas la escuchan de maneras muy distintas, dependiendo si hablan de otros individuos o de ellos mismos. Hay quien dice que depende del tipo de espejo.
Cuando te levantas y vas al baño, el espejo que se encuentra sobre el lavabo, el que te ha visto crecer y es testigo de tu cambio al cabo de los días, te responde con la verdad. El pelo enmarañado como enredaderas que se entrelazan, los ojos con el cierre a medio abrir como si un extraño ungüento pusiera difícil la tarea y los labios resecos cual estropajos tienen una misma respuesta para todo el mundo: otro madrugón más.
El espejo del baño es el primero que nos ve cada día y, en casi todos los casos, varias veces durante el mismo. Sin embargo, hay otros que siempre nos dan más miedo.  
Por lo general, se encuentra escondido tras la puerta de tu cuarto, en el interior de tu armario, en uno de los lados de la mampara de la bañera o, a veces, es un centinela muy erguido y de una altura incluso mayor que tú mismo que te vigila incesante desde una esquina.
Son estos los que cuentan con una magia negra, un aura oscura y perversa que nadie ve pero que está siempre ahí. Una aureola del infierno que le otorga un poder muy distinto a otro tipo de espejos. Y si no te resistes a ella, es posible que la realidad que ven tus ojos sea radicalmente distinta a lo que ve tu cerebro.
Cuando sales de la bañera, corres la mampara, palpas tu alrededor con los ojos prácticamente cerrados buscando la toalla, que pareciera esquivarte, y cierras nuevamente la mampara; tu reflejo desnudo, puro y especial, es la voz verdadera del espejo. No te miente pero puede hacerte alucinar cual seta de dudosa procedencia si no se lo impides.
En mi caso, una estudiante de media envidiable, nadadora casi profesional y, ¡qué demonios!, cocinera inmejorable, fue precisamente este tipo de espejos el que me cambió la vida. Esa aura oscura me rodeó como la niebla de primera hora una mañana de otoño. Me calaba los huesos día a día sin que yo tan siquiera notara algo.
De pronto, me di cuenta que mirar los apuntes era un suplicio para mí. Ningún biquini parecía ser de mi talla e ir a la piscina se volvía una ardua tarea, que pronto ni me plantearía. La cocina, ¡puf!, ahora no la pisaba ni para coger un vaso de agua. ¡Me parecía una estancia repulsiva!
La voz de aquel espejo de la mampara de la bañera parecía fundirse con la del lavabo. Pero es que luego creía escuchar las misma palabras del que siempre me veía coger las llaves en el recibidor. El alargado de por encima del sofá me miraba con inquina. El de forma de diamante de mi dormitorio, que más era su función decorativa que la de mostrar reflejos, era como si me odiara. Incluso, la pequeña polvera que siempre tengo en mi bolso, pareciera que fuera a salir de un salto con la energía que le otorgaba el vidrio y la plata.  
¿Qué ocurría? ¿Por qué me odiaban aquellos espejos? ¿Acaso no decían por ahí que este tipo de espejos siempre decían la verdad, estaban cargados de magia blanca?
En aquel momento no tenía las respuestas pero hoy me he dado cuenta que el aura negra del espejo de la bañera me había usado como transporte particular para infectar los demás, los que eran buenos y no te hacían dudar de lo que veías. Uno a uno, habían pasado a las artes maléficas. El del lavabo, el del recibidor, el del salón, aquel decorativo o el pequeñín de la polvera habían pasado a odiarme, o al menos eso creía yo.

Me di cuenta del plan del aura negra demasiado tarde… Ahora sé que si hubiera eliminado de mi corazón esa oscuridad del indefenso e inocente espejo vertical de la mampara con gotitas de la condensación del agua caliente, hoy continuaría siendo una brillante estudiante, nadaría feliz con mis amigos y cocinaría mil platos que compartir con mi familia. 

viernes, 18 de octubre de 2013

El relato del Limbo (Jorge Marcos)

El sol entraba en la habitación a través de la persiana, que actuaba como filtro. Un joven de diecitantos permanecía bajo las mantas haciéndose el remolón. Sacó una mano y agarró el despertador.
Se incorporó. Todo estaba en silencio. Tan solo escuchaba sus pensamientos.
- No está.
Levantó la persiana y la luz natural lo iluminó todo. Tomó de entre los libros de texto una libreta garabateada con cientos de líneas agrupadas por algún punto gordo al principio. La dejó a su lado mostrando una de las páginas.
Se sentó frente a su portátil. Lo encendió y abrió una hoja en blanco. Su cerebro iba a mil por hora. Los mundos se le entrelazaban. Las realidades eran difusas.
Sus dedos permanecían impasibles sobre las teclas. A, S, D, F. J, K, L, Ñ. En el instante que se abrió la veda en su cabeza, escuchó el ruido de una cerradura. Se quedó unos segundos sin hacer nada, agudizando el oído. No cabía duda, la puerta principal se acababa de abrir y tras un portazo se cerró.
- ¡Ya estoy en casa!
El joven se apresuró a cerrar la libreta, a olvidar esos mundos y a regresar a su realidad.
- ¿Qué estás haciendo?- le preguntó una mujer de cuarenta y tantos que irrumpió en su habitación- Hijo, no me digas que estabas otra vez con eso.
- No mamá. Estaba… preparando unos apuntes… Sí. Unos apuntes.
- ¡Más vale que dejes de perder el tiempo y te pongas a estudiar!- la mujer se dio media vuelta, abandonando la habitación pero sin haber terminado de hablar- ¡Haz algo útil para tu futuro!

El joven cerró la página en blanco. El tiempo se había acabado. El relato, esperando su oportunidad, permanecería en el limbo un día más. 

Una apacible tarde de verano (Iván Teruel)

Piensen en un frenazo agudo, de esos que taladran la conciencia de cualquiera. Interioricen el sonido que produce un saco de piedras contra el suelo. Recuerden también cómo se encoge un gusano cuando siente una amenaza, pero sustitúyanlo por tres corazones. Ahora viene lo más duro: imaginen a tres madres que hablaban distraídas en el parque y que ahora corren, con un llanto espeso en la garganta, hacia la carretera que hay tras los setos. La imagen es terrible, sí. Principalmente, porque cuando lleguen al lugar del atropello, dos de ellas no podrán evitar sentir una dolorosa sensación de alivio. 
                                 

¡Nace un rincón para la lectura!

Hoy comienza una historia nueva, la mía.

El objetivo de este blog es acercar relatos de escritores condecorados y reconocidos pero también de nuevas promesas. 

Las temáticas serán infinitas, los mundos reconocibles pero a la vez desconocidos, las realidades se entrelazarán,... y todo ello para llegar a nuestra empatía y sentimientos en un momentito de relax que se consigue gracias a la lectura.

Habrá relatos que nos harán reír y otros que nos acercarán más al llanto. Otros nos harán replantearnos todos nuestros esquemas y otros simplemente nos recordarán a nosotros mismos.

Espero que lo que os guste y lo que no me lo escribáis en los comentarios. Vuestra opinión en los relatos de ilustres escritores y sobre todo en los que estamos empezando nuestra andadura como tal serán muy importantes.

¡La escritura es arte y el arte es leer! ¡Comenzamos!