lunes, 21 de octubre de 2013

La Voz del Espejo (Jorge Marcos)

El espejo es un artilugio antiguo en el tiempo. Su composición es fácil. Consiste en una plancha de vidrio con una fina lámina de aluminio o plata muy pulida y brillante. Aquí, en ésta lámina de grosor casi imposible de medir, es dónde alberga la magia el espejo.
Los espejos pueden ser de mil tipos. Redondos, cuadrados, alargados,… verticales, horizontales, en direcciones imposibles,… con marcos de cualquier material que se te ocurra con colores que casi ni sabías que existían. Pueden colocarse en cualquier lugar de tu casa. Colgado en la pared del recibidor, puesto junto al armario del dormitorio como un elemento más del mobiliario o acompañándote mientras te lavas los dientes.
Pero su magia radica en que nunca mienten. Responden con la verdad, una verdad tangible. Si tocas el cristal es como si te tocaras a ti mismo. Sientes en la yema de los dedos un calorcito comparable a la temperatura corporal.
Por el contrario, todos los espejos dicen lo mismo de una persona pero cada persona no ve lo mismo en un espejo. Esa vocecita proveniente del espejo, casi inaudible pero que sabes lo que quiere decir, realmente es siempre la misma pero las personas la escuchan de maneras muy distintas, dependiendo si hablan de otros individuos o de ellos mismos. Hay quien dice que depende del tipo de espejo.
Cuando te levantas y vas al baño, el espejo que se encuentra sobre el lavabo, el que te ha visto crecer y es testigo de tu cambio al cabo de los días, te responde con la verdad. El pelo enmarañado como enredaderas que se entrelazan, los ojos con el cierre a medio abrir como si un extraño ungüento pusiera difícil la tarea y los labios resecos cual estropajos tienen una misma respuesta para todo el mundo: otro madrugón más.
El espejo del baño es el primero que nos ve cada día y, en casi todos los casos, varias veces durante el mismo. Sin embargo, hay otros que siempre nos dan más miedo.  
Por lo general, se encuentra escondido tras la puerta de tu cuarto, en el interior de tu armario, en uno de los lados de la mampara de la bañera o, a veces, es un centinela muy erguido y de una altura incluso mayor que tú mismo que te vigila incesante desde una esquina.
Son estos los que cuentan con una magia negra, un aura oscura y perversa que nadie ve pero que está siempre ahí. Una aureola del infierno que le otorga un poder muy distinto a otro tipo de espejos. Y si no te resistes a ella, es posible que la realidad que ven tus ojos sea radicalmente distinta a lo que ve tu cerebro.
Cuando sales de la bañera, corres la mampara, palpas tu alrededor con los ojos prácticamente cerrados buscando la toalla, que pareciera esquivarte, y cierras nuevamente la mampara; tu reflejo desnudo, puro y especial, es la voz verdadera del espejo. No te miente pero puede hacerte alucinar cual seta de dudosa procedencia si no se lo impides.
En mi caso, una estudiante de media envidiable, nadadora casi profesional y, ¡qué demonios!, cocinera inmejorable, fue precisamente este tipo de espejos el que me cambió la vida. Esa aura oscura me rodeó como la niebla de primera hora una mañana de otoño. Me calaba los huesos día a día sin que yo tan siquiera notara algo.
De pronto, me di cuenta que mirar los apuntes era un suplicio para mí. Ningún biquini parecía ser de mi talla e ir a la piscina se volvía una ardua tarea, que pronto ni me plantearía. La cocina, ¡puf!, ahora no la pisaba ni para coger un vaso de agua. ¡Me parecía una estancia repulsiva!
La voz de aquel espejo de la mampara de la bañera parecía fundirse con la del lavabo. Pero es que luego creía escuchar las misma palabras del que siempre me veía coger las llaves en el recibidor. El alargado de por encima del sofá me miraba con inquina. El de forma de diamante de mi dormitorio, que más era su función decorativa que la de mostrar reflejos, era como si me odiara. Incluso, la pequeña polvera que siempre tengo en mi bolso, pareciera que fuera a salir de un salto con la energía que le otorgaba el vidrio y la plata.  
¿Qué ocurría? ¿Por qué me odiaban aquellos espejos? ¿Acaso no decían por ahí que este tipo de espejos siempre decían la verdad, estaban cargados de magia blanca?
En aquel momento no tenía las respuestas pero hoy me he dado cuenta que el aura negra del espejo de la bañera me había usado como transporte particular para infectar los demás, los que eran buenos y no te hacían dudar de lo que veías. Uno a uno, habían pasado a las artes maléficas. El del lavabo, el del recibidor, el del salón, aquel decorativo o el pequeñín de la polvera habían pasado a odiarme, o al menos eso creía yo.

Me di cuenta del plan del aura negra demasiado tarde… Ahora sé que si hubiera eliminado de mi corazón esa oscuridad del indefenso e inocente espejo vertical de la mampara con gotitas de la condensación del agua caliente, hoy continuaría siendo una brillante estudiante, nadaría feliz con mis amigos y cocinaría mil platos que compartir con mi familia. 

2 comentarios:

  1. Tengo que confesar que leí el relato sin saber quién era el autor y cuando he visto que era tuyo me he quedado sin palabras. No sabía que escribes tan bien George

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